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Delitos de odio: estamos castigando el miedo


Un conductor de bus, a juicio por tirar del velo a una pasajera y gritarle "vete a tu país" delante de sus hijos. La Audiencia de Barcelona juzgará a este conductor acusado de un presunto delito de odio. El fiscal pide 10 meses de prisión y una multa de 5.000 euros

Europa press, la vanguardia, el país, el mundo, 20minutos, tve, antena3, tele5, etc etc etc. 7 de febrero de 2023



Los delitos de odio son un buen ejemplo de aquella afirmación de Marx (Carlos, no Groucho) según la cual los estados son el consejo de administración de la clase dominante.


Veámoslo con el ejemplo de las migraciones:

A todos los diversos poderes económicos que constituyen la clase dominante les conviene la inmigración de una mano de obra barata, mayoritariamente joven, y dispuesta a todo. Los ricos no tienen ningún problema con los inmigrantes: cuantos más vengan más baratos resultan y más competencia tienen los trabajadores autóctonos (no fuera o fuese que reivindicaran demasiado). Y además de ser económicamente funcional, la inmigración también ayuda a enderezar la pirámide demográfica y hacer crecer un poco las tasas de fecundidad.


Entonces encargan al gestor de sus intereses (el estado: todos los estados de todas las sociedades donde el modo de producción hegemónico es el capitalista) que legisle, ejecute y juzgue para que la cosa funcione.

A partir de ahí, los estados van elaborando leyes de cuotas (de hecho, todas las leyes de inmigración son leyes de cuotas) para que el flujo de inmigrantes se ajuste a las necesidades de los poderes económicos de tener la estructura productiva plena de mano de obra obediente y de paso contar con algo de ejercido industrial de reserva.

Y los estados también legislan, ejecutan y juzgan que la población autóctona reciba amorosamente estos flujos, y en esta operación cuentan con la inestimable ayuda de un puñado de voluntariosas y bienpensantes organizaciones más o menos no gubernamentales y la no menos inestimable ayuda de palabras mágicas que abren el cielo y la tierra como solidaridad, fraternidad, acogida, etc.


A todo ello, los autóctonos pobres (por ejemplo, la hoy desaparecida clase obrera) acojonados. Acojonados no sólo por la inmigración que les quita trabajo y ayudas sociales (aunque sólo sea en su imaginación), sino también porque les parece que su vida hace aguas.

Porque parecía que la vida iba a ser un camino de rosas, y así nos lo creímos durante casi dos generaciones (baby boom, crecimiento y bienestar económico, transición política “modélica”, y cultura hedonista). Total, que nos desarmamos moralmente (y colectiva y solidariamente). Y ahora resulta que la vida nos ha dado la espalda (hemos envejecido, el bienestar económico se tambalea, el estado de servicios no llega, y el hedonismo nos ha desentrenado en el esfuerzo y el sacrificio), y de repente nos encontramos solos y moralmente desarmados.

Con este panorama, cuesta llegar a fin de mes, y el estado del bienestar se está muriendo: la sanidad pública ha desaparecido, la escuela publica es un cachondeo, Renfe y Adif y cercanías pertenecen al territorio del esoterismo, etc.

Por tanto, muchos autóctonos tienen miedo. Tienen miedos.


Y los mismos estados que ahora dedicarán el 2% del PIB a armas, dinero que se detrae de las partidas presupuestarias que más podrían ayudar la vida de la gente, esos mismos estados vasallos del complejo militar industrial piden a los autóctonos acojonados y llenos de miedos que acojan cariñosamente unos recién llegados que precisamente incrementan sus miedos (sea realmente sea sólo en su imaginación). Y curiosamente ni los diversos poderes económicos, ni los estados, ni las organizaciones más o menos no gubernamentales solidarias y bienpensantes cuestionan el socialmente ruinoso gasto en armas, ni el gasto suntuario de dinero público, ni la falta de inversión en los lugares de procedencia de los inmigrantes (ni, aunque no sean dinero público, las obscenas ganancias de las grandes empresas del país).


Ah caray, entonces a la población autóctona les toca ser cornudos y apaleados. Y se rebotan. Y se enfadan. Pero ahora el rebote es individual y no colectivo, y el enfado es a la defensiva y no a la ofensiva. Y construyen un relato (probablemente hecho más de percepción que de realidad) en el que se quejan de que los recién llegados aprenden rápidamente los derechos pero no los deberes, y se llevan todas las ayudas sociales, y vienen a robar y violar , y han venido a vivir del cuento, y etc.

Es el miedo, es el relato de una gente atemorizada con o sin razón, no importa.


Pero para eso están los estados (¡Ah los estados, consejos de administración de las clases dominantes!) para un ajuste fino con leyes y el código penal, y la ímproba tarea de ejecutar y juzgar. Y los estados se inventan los delitos de odio sin pararse a pensar que tal vez el odio nace del miedo.

De manera que (¡Oh la definitiva hegemonía de la clase dominante!) hoy ya nadie se plantea culpar a los diversos poderes económicos del delito de fabricación del miedo y de la desigualdad y la explotación... y del mismo odio con que se culpabiliza a los que sufren el miedo, la desigualdad y la explotación.

Ahora se culpa a los atemorizados.


Por ejemplo el autobusero en cuestión. Nadie ha dicho nada de sus probables miedos e inseguridades, nadie ha dicho nada de lo que le pudo ocurrir antes del rifirrafe juzgado: cuántos insultos pudo recibir, cuántos adolescentes se lo torearon, cuánta gente se le revolvió en contra por colarse o no llevar la mascarilla cuando aún era obligatoria, cuánta tensión acumulada en su oficio de conducir un autobús por el tráfico infernal de BCN. ¿y el día antes? ¿y la semana anterior?. (Por cierto ni uno solo de los pasajeros que estuvieron de acuerdo con él se atrevió a testificar en el juicio: ¿eso no es miedo?).

Sólo sabemos que le acusamos de odiar.

Y acusamos de odiar a toda la gente que tiene miedo y actúa por reacción a su miedo. I confundimos el odio con el miedo.

Les castigamos, pues, por tener miedo.

Y claro... podemos castigar el miedo, pero el miedo no desaparece, sencillamente se va a Vox.

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